Vaya, el tiempo pasa verdaderamente rápido; desde el 3 de Diciembre no aparecía por aquí; por aquellas fechas andaba yo preocupado por una audición de piano, aunque mi mayor quebradero de cabeza era la compra del nuevo coche. Bien, la audición llegó y transcurrió sin mayores consecuencias,...y mi trauma sigue siendo el coche, cuya compra sigue sin formalizarse, en fin...
Desde hace un tiempo, las vacaciones suponen el reencuentro de mi madre con sus hermanas; esto no tendría nada de apasionante, de no ser porque mis tías, sobretodo dos de ellas, son auténticas amantes de la política, ambas con ideas extremas, pero opuestas: una es una facha trastornada, la otra aboga por la independencia de Cataluña; una es extremadamente religiosa, la otra es agnóstica; a la una no le gusta "Cuéntame" porque piensa que se exagera en cuanto a la figura de Franco, y la otra directamente no lo ve porque le parece un insulto a las victimas del régimen; una es fanática del Atlético de Madrid, la otra del Barça...aunque, curiosamente, ambas odian a Letizia, perdón, Doña Letizia Ortiz. Mi madre, la pobre, no sabe cómo mediar, y trata de tranquilizarlas diciendo que ella ve "Cuéntame" porque le encanta cómo actuan los niños...
Por ello, me río cuando Ep, al referirse a mis vacaciones, se extraña de que no me aburra en el pueblo. Por cierto, adoro a Ep cuando vuelve de vacaciones: viene tan relajado, tan de buen humor...Sin embargo, en pocas semanas volveré a la cruda realidad, sin duda.
Parece que por fin, tras varias aproximaciones fallidas que no han hecho sino dejarme en evidencia, mis padres comprarán un coche nuevo. A ciertas edades, uno se deja atrapar completamente por la vorágine capitalista y fija en los coches uno de sus mayores objetos de deseo. Sí, así de simple soy; aunque bueno, en mi caso añado los pianos de cola y los discos de John Williams a la lista; rarezas que tiene uno...
Es en momentos como éste, al tener que desprenderse de algo viejo, cuando las cosas adquieren una nueva entidad; se convierten en seres cuasi-vivos, con sentimientos, y a uno le entran remordimientos al desecharlos. Creo que esto es comprensible cuando la cosa a cambiar es, por ejemplo, un coche; pero es que yo voy más allá, y sufro pequeños disgustos cada vez que llega el momento de renovar los cepillos de dientes, las "manolillas" (las zapatillas de estar por casa)...; un continuo trauma, en definitiva.
El otro día leí en cierta publicación (cuyo nombre no diré para no lastimar más aún mi reputación) que la vida en pareja destruye la inspiración y la imaginación del hombre, pues éstas dependen en gran medida de la testosterona liberada por el organismo. Al parecer, los hombres emparejados fabrican esta hormona en menor cantidad que los que no lo están, ya sean solteros, separados o viudos, y, en consecuencia, son menos creativos.
En mi caso, creo no influye demasiado tener o no pareja, sencillamente no tengo imaginación...o testosterona, no sé.
Cuando a uno le preguntan sobre un lugar que ha visitado, la respuesta más normal es decir que el sitio en cuestión era "bonito" o "feo". Bueno, pues Lisboa, a mi juicio, no es ni bonito ni feo, al menos en sentido estricto. No conozco Viena, pero por lo que me han contado creo que esta ciudad puede responder al prototipo "general" de belleza, del que Lisboa no puede ser más distante.
Lisboa es el contraste absoluto; es el contraste entre la riqueza y la pobreza, entre el mar y la montaña, entre lo ordenado y lo absolutamente caótico..., pero es esto lo que hace que esta ciudad sea apasionante.
Esta aportación no puede ser más pobre y más triste, pero la responsabilidad me llama, y me voy pitando pues me espera una apasionante clase de "Acompañamiento". Pobre de mí.
Hoy, que no para de llover, recuerdo con cierta envidia de mí mismo que hace tan sólo un mes estaba en Lisboa pasando unos días con P en Lisboa, bajo un sol espectacular.
Qué envidia me doy.
Bueno, pues ya estoy aquí, iniciando un nuevo curso, tras culminar el anterior, todo hay que decirlo, mucho mejor de lo esperado (gracias, Afrodita). De nuevo las clases, los amigos, Ep..., y, por supuesto, las Dos Catedrales, cada día más turbadoras.
Las cortas vacaciones reales que tuve las disfruté plenamente con P., pasando unos días en Lisboa (ya comentaré algún día las impresiones que me causó esta ciudad), así que afronté la vuelta a las clases con energías renovadas.
Bien, pues nada más comenzar, y de mano de Al (un profesor que, dados sus enormes conocimientos pero sobretodo su indefinible perfil psicológico, protagonizará seguro muchas líneas de la página a lo largo del año), he descubierto la asombrosa relación entre el compositor francés Claude Debussy y las tarjetas de crédito. Quién lo diría; Debussy, con una personalidad tan rompedora, tan revolucionaria, cofundador de una asociación de "amigos del cannabis" (dato que ayuda a entender su música)..., y sin embargo resulta que con su obra contribuyó a crear ese símbolo del capitalismo que es la tarjeta de crédito.
Esto, que puede parecer una chorrada,...efectivamente, lo es. La explicación es bien sencilla: Debussy, junto con otros compositores de su época, estructuraron sus obras de acuerdo a la sección aurea. Dicha sección, basada en la sucesión numérica de Fibonacci (1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 89,...), establece una relación constante entre lo largo y lo alto, y es la que se utiliza para la elaboración de las tarjetas de crédito, los carnés de identidad, etc., por ser, al parecer, agradable estéticamente al ojo humano.
Uno se imaginaba a Debussy componiendo preludios para piano felizmente envuelto en una nube de hachís, pero resulta que el hombre, de vez en cuando, se ponía serio y se estrujaba el cerebro para crear complicadas estructuras; aunque, quizás fuese precisamente el hachís el que le llevase a hacerlo.
Hay que ver lo rápido que pasa el tiempo. Por supuesto, acabé con mis obligaciones académicas hace ya bastantes días, pero diversas circunstancias más o menos justificantes, y, por qué no, la pereza, me han mantenido desconectado de Internet hasta ahora. Vale, en mi casa del pueblo no tengo ordenador, y además estamos de obras (algo casi rutinario los últimos años por estas fechas), pero creo que la verdadera razón de mi apatía es, por triste que parezca, la ausencia total de sucesos interesantes en mi vida.
Así, en unos días marcados por unas obras que me están destrozando los nervios (y no precisamente por culpa de los albañiles o del ruido), pocas cosas me han sacado de la rutina: los momentos con P., una "apasionante" excursión con gente del pueblo, o la llegada de mi K.Kawai.
Escribir estas mediocres líneas me está costando sangre, sudor y lágrimas (es un decir), y mi crédito en el cybercafé se acaba, así que lo dejaré para un mejor momento.
Exámenes aquí, exámenes allá, ensayos, audiciones...y en medio de tanto jaleo, Ep decide que el examen de piano mejor hacerlo en Septiembre. Me recomienda el curso que él dará la última semana de Agosto en un pueblo de Burgos; sin compromiso, por supuesto: sólo es un "consejo"...Tengo muchos exámenes que hacer aparte del de piano, así que prefiero no pensar demasiado en la canallada de Ep y centrarme en ellos, si no quiero arrastrar más equipaje durante el Verano.
Es ésta, lógicamente, la razón de que durante las dos últimas semanas haya tenido olvidada la página. He tenido verdaderos remordimientos de conciencia, y me he sentido como un auténtico irresponsable, con mi podre página abandonada a su suerte...No puedo asegurar continuidad a estas alturas del curso, pero haré lo que pueda; si es que a alguien le importa.
Esta semana he tenido muy olvidada la página, pues razones muy poderosas me han mantenido alejado de ella y de toda posible conexión a Internet: han sido las fiestas de mi pueblo, las fantásticas, grandiosas e inigualables fiestas de mi pueblo; con sus partidos de pelota (eso de arrearle con la mano a una bola de madera cubierta de cuero, me parece un tanto salvaje: Ep jamás me dejaría...y mi padre tampoco), su "caza del tostón por las calles del pueblo" (esto, más que salvaje, se me antoja "buñuelesco"), sus verbenas amenizadas por estupendas orquestas que combinan con gran tino los tradicionales pasodobles con estupendas versiones de los últimos éxitos de nuestros queridos cantantes (¿...?) de moda (algo...indefinible), etc., etc.
Pero esta oferta tan atractiva de actividades lúdico-culturales no son las que quedarán en mi memoria cuando recuerde las fiestas de San Isidro de 2003; sin duda las recordaré por ser las fiestas de las casamenteras y los casamenteros. Me explico: con motivo de las fiestas, ha venido al pueblo E., una antigua componente del grupito de amigos /as que aquí formamos. E. es enfermera y ahora está trabajando en Tenerife, donde conoció a su novio J., con el que, mira tú qué bien, ha decidido casarse. Ambos son independientes económicamente y desde hace tiempo viven juntos; por tanto, ninguna pega a su decisión. Todo sería estupendo y yo estaría feliz y contento de no ser porque esta corriente casatoria se ha extendido, al puro estilo "culo veo culo quiero", a otros miembros del grupo, que han empezado a bromear con la idea, en plan "bueno, pues vosotros los siguientes...", "...sí, sí, y después vosotros, ¿eh?". Ninguno de ellos tiene en absoluto resuelta su vida, pero claro, ni yo ni nadie les va a quitar de la cabeza el capricho, la fantasía de una grandiosa boda, celebrabada en una de las dos catedrales (faltaría más) y rodeados de ese lujo que, seguramente, jamás volverán a tocar. La vergüenza ajena que ante semejante espectáculo hemos sufrido P. y yo no se puede explicar con palabras. Qué lástima.
Tras leer la última entrada de Humphrey Bloggart, "Artista y genio", me viene a la cabeza aquello que yo escribí hace tiempo sobre arte y política, y que Humphrey publicó en su página (para mi inmensa sorpresa). Si entonces consideré que mi comentario no merecía tanto interés, ahora, una vez leído el suyo, ya sí que no lo entiendo.
En una primera lectura puede parecer que mantenemos posturas opuestas. No es así; el problema es que yo no supe expresarme correctamente cuando relacioné arte con política. Yo criticaba las manifestaciones artíticas con base ideológica; lo que realmente quería expresar era mi rechazo a la sumisión del arte y del artista con respecto a la política.
Sobre Beethoven y su genialidad no tengo nada que añadir a lo dicho por Humphrey, pues parece admirarle al menos tanto como yo.
Ayer por la tarde estuve en el cine con S., a la que hacía mucho tiempo que no veía. La película era un bodrio de risa fácil, americano para más señas, pero útil para pasar un buen rato sin pensar demasiado (más bien nada). A veces está bien ir al cine sin saber qué es lo que vas a ver, únicamente por ir, sin complicaciones estéticas (en el caso de ayer, la película era la negación absoluta de la estética).
Una bonita tarde por tanto, con buena compañía, insustancial pero divertida comedia y ricas palomitas. ¿Qué más se puede pedir...?.
Hace poco tuve la inocente ocurrencia de pensar que quizás, cuando tuviese más tiempo, podría tratar de escribir algo de ficción. Afortunadamente a E. se le ocurrió antes; a partir de ahora me conformaré con aprender y disfrutar con su talento, sin más pretensiones.
En los medios de comunicación lo advirtieron hace más de un mes: se acercaba el punto álgido, el momento más peligroso para los afectados. Las condiciones medioambientales hacían prever una temporada especialmente dura, y así lo reflejaban las estadísticas que manejaban los expertos. Me temí lo peor, y afronté mi sino con resignación; pero mi cuerpo pareció no darse por enterado, y sobrellevé aquellos días de alarma sin complicaciones aparentes. Pasó el tiempo, y ante la ausencia de síntoma alguno, llegué a la conclusión de que quizás en esta ocasión me había librado, así que acabé por olvidar el asunto. Pero ayer ocurrió: cuando menos lo esperaba, sufrí un ataque; un ataque de alergia...
Decía mi antigua preofesora de piano que las alergias, que consisten en la hipersensibilidad física a un determinado agente, se dan con mayor facilidad en personas muy sensibles emocionalmente. Me parece una teoría curiosa, y me lleva a recordar que en uno de esos absurdos tests a los que nos sometían en el colegio, se resaltaba mi excesiva permeabilidad a todo lo que ocurría en mi entorno. Tengo que rescatar ese viejo cuestionario, puede ser divertido.
Cuando la evaluación del trabajo de una persona consiste en la opinión que de él tenga otra persona, las palabras (y el sentido en que se utilicen) adquieren una gran importancia. Si a esta relación de dependencia "evaluador-evaluado" se le añade la presión que impone el calendario, entonces hasta los más pequeños matices semánticos se llenan de contenido. Ep lo sabe muy bien, y lo utiliza en sus clases a modo de espuela; por ello, escuchar de su boca una pequeña alabanza, discreta y con matices, pero alabanza al fin y al cabo, es justo lo que yo necesitaba en este momento. Una sóla frase, un pequeños comentario, y mi estado anímico se ha elevado hasta llegar casi a la euforia. Es la Cátedra Rusa en todo su esplendor, dueña y señora de sus maleables pupilos.
Ea, además de un piercing en la lengua, tiene mucho arrojo y no duda en sacar a la calle su violín (su segundo instrumento, tras el piano) para conseguir algo de dinero mientras estudia. El otro día tuve el gusto de acompañarla, y, además de disfrutar con su música, pude observar algo muy curioso en el comportamiento de la gente que por allí pasaba.
En primer lugar comprobé que, si bien a la inmensa mayoría de los niños les llamaba mucho la atención lo que escuchaban (incluso se puede decir que les gustaba), a un importante grupo de adultos, por el contrario, lo que más le atraía era el contenido de la funda del violín (es decir, el dinero).Algunos mostraban por dicho contenido tal interés que, mientras avanzaban alejándose, retorcían sus cuellos de forma casi grotesca, tratando de calcular, desde la distancia y de reojo, la cuantía del montante económico. Cuanto más edad tenía el curioso, mayor era su interés y menor su disimulo.
Por otra parte estaban aquellos adultos, pocos, que mostraban un interés sincero por lo que oían, y los que, menos aún, mostraban su agrado con una limosna. Por supuesto también los había que pasaban de largo, seguramente pensando en lo molesto que les resultaba aquel "maullido", y en que no se debería permitir la "mendicidad" en las calles.
Obviamente los niños responden positivamente ante cualquier estímulo acústico, digamos, agradable; pero ver el interés que mostraron por el violín de Ea me resultó algo fantástico.
El Domingo, en el tren de vuelta a la rutina, al dejar atrás Ávila y su muralla, recordé aquella anécdota del americano que quiso comprar el Acueducto Romano de Segovia y llevárselo a su casa piedra a piedra. Tras Ávila, y hasta el final del trayecto, pude observar un buen número de pequeños pueblos, todos ellos, como el mío, con su iglesia (generalmente románica; esto es, con 800 ó 900 años de antigüedad). Pensé en aquel americano, y en que habría otros muchos como él que estarían dispuestos a pagar una fortuna por disfrutar en su tierra de una sóla de esas pequeñas iglesias. Y luego recordé que en Ávila, hasta hace bien poco, la gente arrancaba piedras de la base de la muralla para construír sus casas; y me acordé de mi pueblo, en el que hace apenas un año se tuvo que hacer una colecta entre los vecinos para poder sufragar el arreglo del tejado de su preciosa iglesia románico-mudéjar del siglo XII, ante la negativa del Obispado y la Diputación a poner un sólo euro.
Luego vemos los índices de audiencia de la tele, las listas de los discos más vendidos, de las películas y obras de teatro más vistas, etc., y todo cobra sentido. No podríamos esperar otra cosa.
El otro día acompañé a Ea a hacerse un piercing en la lengua. La decepción fue mayúscula, ya que la operación duró unos pocos segundos, y mi esperanza (es un decir) de descubrir su lado vulnerable se fue al traste, pues no pareció dolerle lo más mínimo.
Hace apenas un año me hubiera resultado difícil concebir la idea de una pianista con piercing en la lengua, pero hoy no sólo conozco a Ea, sino a trompistas bakalas, cellistas grunges,...Alguien me dijo hace poco que Pollini, uno de los mitos del piano, tiene el tabique nasal de titanio (o de no sé qué otro material) pues, a sus casi 70 años, es adicto a la cocaína. Conocer esta realidad (bueno, lo de Pollini es una mera anécdota) para mí ha sido importante. Con esto no quiero decir que vaya a perforarme el cuerpo, ni a adoptar la estética grunge (¿te imaginas, A.?), ni por supuesto a hacerme cocainómano; lo que ocurre es que me permite desligar del músico ese halo de exclusividad, de elitismo cultural que le rodea, o mejor dicho, que siempre creí que le rodeaba. Evidentemente hay muchos músicos elitistas, siempre los habrá, pero me alegra saber que, dentro de la rareza que ya de por sí supone elegir esta profesión, hay gente normal que lo que quiere es disfrutar con lo que hace, y no aplastar al rival o defenderse de los ataques de la “vulgaridad”. La película “La pianista”, de Michael Haneke, ilustra muy bien este extraño mundo, amén de otras perversiones.
Poco ha durado la rutina de la que tanto hablé el otro día. La semana que viene tendré varias clases con Ep, y mi pobre Broler ya apenas puede ayudarme a prepararlas durante el fin de semana, así que he vuelto a Madrid, donde mi K.Kawai RX2 me será más útil. En condiciones normales me habría quedado en mi pueblo, pero a estas alturas del curso...El "método ruso" me está llevando a tomar decisiones demasiado responsables para lo que yo suelo acostumbrar. Tengo suerte de contar con el apoyo y la comprensión de P.
De nuevo las dos catedrales, los ordenadores públicos, mis compañeros; de nuevo Ep, con el que me reencontraré la semana que viene, por obra y gracia de San Jorge; de nuevo, en definitiva, a esta rutina tan especial que llevo manteniendo desde principio de curso, rutina a la que he recibido con el sueño totalmente cambiado, y con el estómago maltrecho por esa mona que tan cariñosamente me hace llegar anualmente mi madrina. Rutina, por tanto, que afronto en condiciones físicas bastante más mermadas que cuando la abandoné por vacaciones. Esto me recuerda que mi padre siempre dice, llegado un momento de sus vacaciones, que está deseando volver al trabajo para empezar a descansar. Para mí, la vuelta a los estudios no va a suponer ningún descanso, más bien al contrario, pero he podido comprobar a lo largo del año que me sienta mejor el trabajo rutinario y más o menos controlado que el descanso sin orden. Leyendo esto se confirman mis temores: definitivamente, acabaré convertido en un eficiente y disciplinado soldado ruso.
Cuando mis padres compraron la que actualmente es mi casa, recuerdo que la anterior propietaria comentó que se trataba de una vivienda muy silenciosa. Espero que la buena mujer haya visitado, siete años después de aquello, a un buen otorrino, pues por aquel entonces, visto lo visto (mejor dicho, oído lo oído), ya acusaba una incipiente sordera.
Mi casa, desgraciadamente, no es silenciosa. Es fácil escuchar, casi nítidamente, las broncas que la señora de arriba le echa a su hijo porque no hace los deberes, o las que su marido le echa a su hija por estar todo el día peinándose (imposible olvidarlo: "¡¡C., para ya de peinarte, que te vas a quedar calva!!"; supongo que el pobre hombre sólo trataba de transmitirle su experiencia sobre la calvicie...). Menos habituales, pero más espectaculares, son las fiestas que monta el chico de abajo cuando sus padres se van de fin de semana; esto resulta ya menos soportable, debido a la pésima calidad de la música que bailotean, y al humo del tabaco, que se deja notar de forma muy molesta en cuanto se abre una ventana. Pero a esta especie de Gran Hermano sin imágenes que es la vida en un bloque de viviendas, uno se acostumbra rápidamente.
Sin embargo, hoy ha ocurrido algo que me ha dejado totalmente desconcertado. De algún lugar (no he podido precisar el origen) ha surgido un estruendo en forma de música a todo volumen acompañado de una especie de berrido humano, que ha invadido toda la casa. La letra berreada consistía en consignas del tipo "¡arriba España!", "sangre española", "lucha española"...y entre dos de las canciones se pudo escuchar el viejo himno nacional cantado (con letra de J.M. Pemán). La primera impresión fue de asombro, la segunda de indignación (me resultaba bastante molesto), pero la tercera fue, y aún es, de tristeza. Sin duda se trata de un chaval (sospecho del de abajo, que tiene cierta cara de "fachilla") que está de vacaciones, y que aprovecha que sus padres trabajan para escuchar esa bazofia. Puedo comprender la existencia de un cierto sentimiento patriótico: aquél que te lleva a alegrarte de una victoria de la selección de fútbol, o a disfrutar de los "tours" de Indurain. Pero un sentimiento patriótico que se lleva hasta el fanatismo, hasta la connivencia con ideas racistas o xenófobas, es lamentable; y cuando encima lo observas en gente joven, en gente que se supone que vive en tu mismo mundo, entonces es para echarse a llorar. Pobre chaval, qué falta de personalidad más grande.
Decididamente, los cambio no han sido acertados. El internauta, siempre sabio, no se ha sentido identificado con mi proyecto de remozamiento y mejora para la página, y así lo ha mostrado con sus votos negativos. Espero que este segundo, y por ahora último proyecto (salvo pequeños arreglillos que mis limitadísimos avances con el "Frontpage" me vayan permitiendo) tenga mejor acogida...
Siempre he sentido muy lejano ese afán, que para algunas personas es verdadera necesidad, de plasmar mis impresiones, mis sentimientos, etc., en un diario. Por ello, es curioso que ahora me vea envuelto en esta vorágine de "frontpages" y llamadas de ayuda desesperadas a A., con el objetivo de tener una página personal, un diario.
Hay cambios mucho más drásticos: el que se produce en mi cerebro cuadno paso de escuchar mi vieja maqueta a escuchar el cuarto disco de Placebo; el que según Ep debería producirse en mi cerebro y en mis manos cuando se pasa de tocar Scarlatti a tocar Rachmaninoff; o el que se produce en mi carácter cuando leo los índices de audiencia de "Ana y los 7". Pero, de esto último, mejor ni hablar: prefiero vivir feliz alejado de la dura realidad...
Uff, mi primer intento de modificar la página con el "Frontpage" ha sido bastante desastroso. La inestimable ayuda de A. sólo me ha servido, por ahora, para cambiar algunos colores, algunas fuentes, y para insertar una foto que creo que sólo yo, desde mi ordenador, podré ver. La ignorancia es un mal terrible, sobretodo cuando te lleva a cometer destrozos, como es mi caso. ¿Veré algún día la luz?.
Ayer, como otras tantas veces, cené (es un decir) en casa de A. y E. Con fondo de "emepetreses", la noche trascurrió entre los mismos recuerdos de siempre (pobre E.), y un puñado de conversaciones intrascendentes. Me conformo con eso para una noche perfecta entre amigos.
Una vez E. escribió que se sorprendía del cambio de actitud que había observado en sí misma, respecto a su relación con con los demás. Venía a decir algo así como que antes se cerraba ante aquellas personas que, bajo su punto de vista, no tenían nada que aportarla; pero que, con el paso del tiempo, había aprendido (o simplemente se había decidido) a amoldarse a la gente, a ponerse en su tesitura, y así resultar una chica más accesible y, claro, más simpática. Yo soy consciente de ese cambio de actitud, pues conozco a E. desde hace bastante tiempo. Esto me provoca una cierta inseguridad ya que a veces dudo si su comportamiento conmigo es sincero, o si por el contrario está haciendo un esfuerzo para amoldarse a mi tediosa y simplona forma de ser y pensar. Quizás no debí leer su página aquel día.
Por otra parte, A., tras una estupenda labor de remasterización, pasó a Cd nuestra vieja maqueta. Él sigue diciendo que éramos malísimos, pero yo, cuanto más lo escucho más me gusta (es un decir). Detrás de la no siempre afinada voz de Nm, de la también desafinada guitarra de A., de los caos rítmicos del bajo de V., de las florituras de no muy buen gusto de la guitarra de Ap, y por supuesto, de mis turbadores redobles, hay mucho trabajo, mucha ilusión (al menos al principio), y hay el recuerdo de un etapa increíble de nuestras vidas.
Hay algo que antes, aún bajo el influjo de las dos catedrales, olvidé mencionar. Esta mañana, en una interesante (esta vez es en serio) clase sobre la ópera en el preclasicismo, observamos la clara preferencia que los intelectuales ilustrados franceses mostraban por el estilo compositivo italiano, en detrimento del galo. La razón es de índole puramente política: los ilustrados vinculaban el estilo francés con el antiguo régimen, contra el que luchaban. Lo curioso es que uno de los más grandes intelectuales franceses de la época, Rousseau, fue también músico, y escribió varias óperas; su estilo, analizado hoy con la objetividad que otorga el paso del tiempo, es...absolutamente fracés. Los alemanes, mucho más prácticos, decidieron empaparse de lo mejor de cada uno de los estilos, y de esa amalgama surgieron los grandes "monstruos" del clasicismo: los hermanos Haydn, Mozart, Beethoven...(no está mal).
La unión, hoy más que nunca patente, de arte y política, no ha hecho sino encumbrar mediocres y enterrar talentos. Aunque si bien la idea de arte con cimientos ideológicos definidos me parece en general rechazable, lo contrario, esto es, la ideología inspirada en un determinado tipo de arte, no me resulta mucho más alentadora. Más bien al contrario; ahí está el ejemplo de Hitler, que malinterpretó al maravilloso y genial Wagner, y basó su acción política (por llamarlo de algún modo) en los valores germánicos (llevados al extremos más radical) que destilan los personajes de sus óperas. Esto me trae a la memoria una escena de "Misterioso asesinato en Manhattan", del genial Woody Allen, en la cual se le ve junto a Diane Keaton saliendo precipitadamente del teatro y diciendo: "No puedo más. Si sigo escuchando Wagner acabaré deseando invadir Polonia". Pero eso es otra historia.
Han pasado sólo tres días desde que escribí por última vez, pero me parece una eternidad; y es que esta última semana antes de vacaciones ha sido muy muy densa, demasiado.
En Madrid me espera mi familia, mis amigos, mi K.Kawai RX2...Vaya, sobre todo me espera éste último; mejor dicho, voy yo en su búsqueda, espoleado por las palabras de Ep que aún resuenan en mi cabeza, y por un impulso propio que se va acentuando a medida que Junio se acerca.
Aquí quedan las dos catedrales, el campanario que toca a muerte, el pollo a la neoyorquina, mi querido pero cada vez más inservible Broler (siempre mágico, impregnado por el talento de quienes me precedieron); y quedan Mm, Bs, Df, S*, Vt...Ep, y mi admiración masoquista...Hasta pronto.
Todo el mundo en mi pueblo se admira de lo mucho que allí ha mejorado la calidad de vida en los últimos 30 ó 40 años. Desde algo tan básico como el agua corriente o el alcantarillado, hasta los tractores con radio-CD y 8 altavoces, aire acondicionado, etc. ("full-equip"); sin olvidar la telefonía móvil y, por supuesto, Internet (esto A. todavía no lo entiende, pero confío en que algún día de especial iluminación intelectual llegue a captarlo...).
Pese a todo, mi pueblo conserva ciertos rasgos que lo enraizan en su naturaleza de aldea castellana casi medieval. Así, ayer ocurrió, como otras muchas veces, algo absolutamente "buñuelesco". El papel del campanario en un pueblo como el mío es relevante, ya que informa sobre tres de los hechos más importantes en la vida rural: la misa, el fuego y la muerte. Por supuesto, las campanas suenan de forma muy distinta en cada caso. Así, ayer "tocaron a muerte". Se trata de una cantinela muy espectacular, en la que intervienen tres campanas de distintos tamaños, accionadas manualmente (lo que constituye casi un arte). Primero se tocan las tres campanas indistintamente, una tras otra, con un rítmo bastante rápido y de provocada indefinición, que crea una inicial confusión, al no distinguirse qué es a lo que "se está tocando". Pero tras esto, que dura unos segundos, se percute una sola campana, muy lentamente, durante un tiempo que no sé calcular porque siempre me parece eterno. En ese momento, de forma casi automática, (como fruto del mismo experimento que sufrían los perros de Pavlov, el ¿condicionamiento clásico?), al pueblo entero el corazón le da un vuelco (salvo a los sordos...y al muerto, claro), y la sensación es como si la muerte, a su paso, te hubiese rozado con su capa.
A todo esto, el muerto de marras era un tal Miguel que hacía años que no pisaba por mi pueblo, y al que por supuesto yo no conocía, pero su muerte me hizo disfrutar de ese fantástico espectáculo acústico, que espero que jamás desaparezca.
No sé si el hecho de que el tema de la muerte haya aparecido de forma destacada en la página dos veces en una semana (la primera) tiene algún tipo de significado: ¿me obsesiona la muerte?, ¿la temo?, ¿me interesa morbosamente?...Mañana tengo clase de piano, quizás sea eso.
Esta mañana, tras la última chorrada que escribí, se me ocurrió la fantástica idea de ponerme a armar con el formato de la página. El resultado, como bien se ve, es lamentable. Trataré de arreglarlo cuando tenga más tiempo que ahora.
El motivo por el cual me encuentro delante de un ordenador público a esta extraña hora junto a Ez y Bs, habría de preguntárselo a mi profesora de Hª de la Música, que debe haber decidido que hoy, 3 de Abril, no es un buen día para hablar del preclasicismo alemán, y ha decidido quedarse tan agustito en su casa. Una verdadera lástima.
Existen en la profesión de músico dos tipos de genio, al margen de una inmensidad de mediocres...Por una parte están los "genios-genios", aquéllos dotados de un talento absolutamente excepcional que se manifiesta desde la más tierna infancia, y que les permite llegar a un nivel cualitativo altísimo sin apenas esfuerzo (es un decir). Están por otra parte los "genios normales", aquéllos cuyo talento, aun siendo enorme, les exige acompañarlo de trabajo, muchísimo trabajo para conseguir unresulado óptimo. Mi profesor es de estos últimos.
La pregunta es, ¿a quién debe admirarse más, al que nació con una capacidad sobrehumana, o al que unió a su menor talento el esfuerzo necesario para llegar al nivel del anterior?. Nos encanta ensalzar a los primeros, adorar su excepcionalidad, su superioridad; pero son los segundos los que nos suelen ser puestos como ejemplo a seguir, quizás más cercanos a la vulgar y mediocre normalidad.
Yo, pese a muchas cosas, admiro a Ep. De él estoy aprendiendo, poco a poco, que, si bien jugar a las "genialidades" es divertido, también es arriesgado, muy arriesgado, y el modo más seguro de llegar al final en buenas condiciones es el trabajo constante. También quiere convencerme de que con ese esfuerzo constante se puede disfrutar. Creo que esto último le será más difícil inculcármelo.
He de reconocer que la noticia del fallecimiento el Lunes del artista Eduardo Úrculo me produjo, en un primer momento, un cierto alivio. El responsable de semejante respuesta emocional es mi padre. Mi padre es una persona fantástica, dotado de una inteligencia fuera de lo común y de una personalidad extraordinaria (por lo compleja), pero carece del mínimo tacto exigible a una persona adulta (y se supone que madura); de forma que, cuando a media tarde del Lunes recibí su llamada con este interrogante: "¿sabes quién se ha muerto?", pensé en mucha gente, pero no en el pobre Úrculo. Así, oír su nombre me tranquilizó, al descartar de golpe la larga lista de posibles "moribles" que pasararon por mi cabeza. En descargo de mi padre he de decir que es un gran admirador de Eduardo Úrculo, lo que seguramente le llevó a pensar que su fallecimiento era merecedor de serme comunicado de forma tan, digamos, alarmante.
Por supuesto, tras el alivio inicial, me invadió una vaga (pero real, al fin y al cabo) tristeza. Úrculo era un grandísimo artista. Es cierto que no conozco demasiado su obra (más su faceta de pintor que de escultor), pero el recuerdo que tengo de una exposición suya que visité en El Retiro es inmejorable. Aquella tarde en compañía de P. fue fantástica, y las pinturas de Úrculo fueron el broche perfecto a un día perfecto. O así al menos lo recuerdo.
De aquella exposición recuerdo especialmente un cuadro que me llamó muchísimo la atención. Pertenecía a una colección de principios de los 80 en la que Úrculo insertó culos de mujer en paisajes urbanos (Madrid). El motivo elegido era la Plaza de Castilla, tal y como era entonces, con el obelisco en el centro. Por encima, y formando una especie de triángulo isósceles, Úrculo colocó las dos piernas de una mujer con su respectivo culo. El cuadro es del año 80 y poco, pero a mí me recordó muchísimo a la actual fisonomía de la Plaza de Castilla. Tengo que conseguir una lámina de esa pintura.
Hoy se ha producido uno de esos pequeños milagros que muy de vez en cuando nos alegran el día. Ep, mi siempre temido profesor, me ha llamado al móvil y me ha sorprendido con este extraño mensaje: "me ha surgido algo en Madrid, y no puedo dar clase. La recuperaremos el Lunes. Avisa al resto". Le estaré ínmensamente agradecido lo que queda de semana a ese "algo" tan extraño que ha hecho que Ep nos haya abandonado tan precipitadamente.
Tras una mañana de estudio moderado, hoy Mm me sorprendió con una invitación para degustar su exclusivo "pollo a la neoyorkina" en casa de S* y Vt. He de decir que la comida resultó excelente, pese a que el pobre animal no procedía de ningún corral de Maryland, sino del más cercano Carrefour. La sobremesa resultó muy agradable, amenizada primero por un recopilatorio de los Smashing Pumkins, y después por la Sinfonía nº6 de Beethoven, "Pastoral", muy apropiada para un día tan primaveral como éste.
Que lo más significativo de un inmenso día, lleno de sus horas y sus minutos, sea lo que uno comió, resulta bastante triste. Es como reconocer que son los instintos más primarios los que fundamentalmente nos mueven y nos motivan en la vida. Bueno, supongo que es justamente esa nuestra naturaleza, a la que adornamos con todo tipo de artificios derivados de la convivencia en sociedad (vaya, parezco Rousseau). En definitiva, un gran invento el pollo a la "neoyorkina".
¿Por qué Cátedra?, y, ¿por qué Rusa?. Pues, aun habiendo razones más o menos coherentes, el principal motivo de tan artificioso título es su propia naturaleza: la de "título". El título ha de ser ingenioso, divertido (pero sin caer en el ridículo: "Torrente, el brazo tonto de la ley" es un buen ejemplo a evitar), ha de sintetizar adecuadamente el texto que acompaña, etc., etc. Ninguno de estos objetivos los he cumplido aquí. Otra vez será.
Si algo ocupa mi vida este año (quién sabe los siguientes) son mis actividades artísticas (creo que merecen ser así llamadas), que son impartidas por un catedrático, llamémosle Ep. En su Cátedra se sigue un método de enseñanza basado en el trabajo sacrificado, serio y responsable, un método muy parecido al que se emplea en Rusia, y que tan grandes artistas ha dado (lástima que esto sea España, y que por mis venas corra sangre latina, siempre más dispuesta a dispersarse en actividades más o menos lúdicas que a buscar la perfección y la efectividad a base de trabajo).
Cátedra nunca debe ser confundida con Catedral, y por supuesto, jamás con Cátedral; pero, hubo alguien en la maravillosa ciudad en la que se imparte esta Cátedra Rusa que debió pensar, con fabuloso criterio, que siempre dos catedrales serían mejor que una. Y así fue.